Hitler, mi vecino

Recuerdos de un iño judio

En 1929 Edgar Feuchtwanger, hijo de un editor y sobrino de Lion Feuchtwanger, el autor de la novela El judío Süss, famosísima en los años treinta, vive una infancia feliz en Múnich. Desde la casa familiar, el ni­ño, de cinco años, ve al otro lado de la calle a un hombre con un curioso bigote, y cuenta cómo los que pasan por delante le hacen un raro saludo, levantando el brazo. Porque su vecino no es otro que Adolf Hitler. Y así la familia judía compartirá barrio y calle con el que será nombrado en 1933 canciller alemán, hasta el año 1939, en que el adolescente, de quince años, se exiliará al Reino Unido. Hoy, a los noventa años, Feuchtwanger ofrece un testimonio excepcional de un período que, en palabras del autor, para muchos «se ha convertido en algo abstracto. Mi aportación consiste en mostrar, a través de la emoción, lo que sentimos y experimentamos los que vivimos esos años». La historia de la Alemania nazi nos es magistralmente relatada vista por los ojos de un niño desde la ventana de su cuarto: por ejemplo, el revuelo en la casa de Hitler, una mañana de 1934, después de la «noche de los cuchillos largos». También, desde el cada vez más amenazado hogar de la familia judía, vemos cómo la casa del Führer se convierte en una fortaleza, una brutal metáfora de la adquisición de poder y del ascenso de Hitler... «En esta narración se va desplegando ante el lector, de forma rigurosa y extrema­damente atractiva, y según un estricto orden cronológico, lo sucedido en Alemania de 1929 a 1939. Nos encontramos ante una armoniosa combinación, la narración de la vida cotidiana de una familia judía, acomodada, refinada y culta, cu­yos antepasados se remontan al Núremberg del siglo XVI, con un apasionante relato histórico que se desa­rrolla debajo de las ventanas del hogar familiar» (Astrid De Larminat, Le Figaro). «Edgar Feuchtwanger evoca a Adolf Hitler desde dos puntos de vista. Uno es el del historiador especializado en el Tercer Reich, que investiga sobre “el monstruo”, el líder más sádico del siglo XX. Y el otro, mucho más íntimo, el del niño que se cruza con Hitler en la esquina de su calle, el del antiguo vecino judío del Führer, que se acuerda de un hombre “más pequeñito” que su padre y “para nada simpático”. De la combinación de estas dos miradas resulta un testimonio excepcional» (Le Parisien).

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1929

Una feliz predestinación hizo que yo naciera en Braunau-am-Inn, un pueblo situado justamente en la frontera de estos dos estados alemanes cuya nueva fusión se nos presenta como la tarea fundamental de nuestra vida y que hay que perseguir por todos los medios.

Adolf Hitler, primera frase de Mein Kampf

Me gusta que ella me toque ese fragmento al piano. Es un minué. Me ha dicho que Mozart lo compuso a mi edad. Tengo cinco años. Escucho las notas y es muy bonito. Tengo ganas de bailar. Tendido en el suelo, nado sobre el parqué como si fuese un lago. Las butacas son barcos, el sofá una isla y la mesa un castillo. Si mamá me ve va a reñirme y a decir que me mancho el traje. Me da igual. Me pica de todas formas. Ahora estoy tumbado de bruces debajo de la silla. Con mi fusil no temo nada si los franceses atacan. Me quedaré escondido.

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He tenido también miedo esta mañana, cuando los pobres han venido a llamar a la puerta, abajo, delante de la casa de nuestro guardián. Mamá ha bajado y yo he observado desde lo alto de la escalera. Eran barbudos, tenían la ropa agujereada. Querían dinero. Vendían cordones de zapatos. Mamá ha subido, ha pasado de largo sin verme, ha cogido una hogaza del pan que yo adoro, blanco y crujiente, con la corteza dorada que se enmaraña encima como unas trenzas de niña, y ha vuelto a bajar. Cuando se la ha dado, los pobres le han sonreído y se han marchado a la calle.

Por la tarde han venido otros. Ella seguía tocando el piano, el fragmento que se acelera al final, se reía y yo daba vueltas mirando desfilar la pieza a mi alrededor.

Los mendigos han vuelto. He sido yo quien les ha oído llamar a la puerta. Mamá ha dejado de tocar y ha ido a abrir. Uno de ellos gritaba fuerte. Decía que les habían quitado la casa, sus ahorros, y que estaban en la calle con sus hijos. Decía que era por culpa de los judíos. He tenido miedo, me han entrado ganas de llorar. Mamá ha sido amable y uno gordo, más grande y más fuerte que los demás, con una gran barba blanca, ha dicho que la conocía. Ha gritado: "¡Es una Feuchtwanger!"

Ha tirado hacia atrás del bajito malo que chillaba. Ha explicado que había conocido al tío Lion en la escuela y que incluso había leído sus libros. Yo estaba escondido arriba, al acecho con mi fusil. Deseaba ser invisible, como en el libro que me leen por la noche. El barbudo me ha hecho un guiño y le ha dicho al bajito que estaba harto de sus historias de judíos. Mamá le ha dado las gracias amablemente y ha pedido a Rosie que fuera a buscar las salchichas. Rosie es mi institutriz. He rodado sobre mí mismo como un soldado y ella no me ha visto al pasar. Su delantal blanco y su vestido negro han hecho un ruido de follaje. Yo estaba debajo de una silla. La he observado cuando entraba en la cocina. Re-funfuñaba en dialecto, esa lengua distinta que habla cuando nadie la oye. Tachaba de imbéciles a los pobres, juraba que no teníamos tantas salchichas y que no sabía qué tendríamos para cenar esta noche. Ha vuelto con las salchichas y le ha sonreído al señor gordo. Él se lo ha agradecido, ha bendecido a mi madre y se ha marchado con su comitiva.

Mamá ha hablado con la tía Bobbie, nuestra vecina de arriba, que había bajado. Creo que la tía Bobbie le ha dicho que nuestro tío iba a meternos en apuros si no tenía cuidado con sus libros. Mi tío Lion es escritor. Inventa historias para los mayores. Mamá le ha sonreído a la tía Bobbie y le ha prometido que advertirá al tío Lion. Intentaba tranquilizarla, le aconsejaba que no se preocupase, los mendigos de fuera eran sólo pobres gentes que han hecho la guerra y luego lo han perdido todo. Yo he corrido a la ventana para verles. Llamaban a la puerta del inmueble de enfrente, formaban una pandilla con otros mendigos, un poco más lejos.

Miro a los pobres por la ventana desde esta mañana. Están al pie del edificio. ¿Y si atacasen? ¡Yo tengo mi fusil! Mamá me ha visto. Me ha sonreído, se me ha acercado, ha cerrado las cortinas y ha anunciado la merienda. Yo le he preguntado qué era un judío y ella me ha susurrado al oído que soy demasiado pequeño para comprenderlo.

Puedo tener cinco años, pero lo capto todo. ¡Sé lo que es un judío! Un día mi padre habló de esto delante de mí con mi madre. Ella le pidió que cambiara de tema porque no era propio de mi edad, él le respondió que yo no podía comprender y siguió hablando. Yo jugaba en el suelo con mis cochecitos fingiendo que no escuchaba. Pero lo oí todo. Mi padre hablaba de los nazis que no quieren a los judíos. Los judíos somos nosotros, la familia Feuchtwanger. Lo sé desde hace mucho. Yo ya lo había hablado con Rosie. Somos iguales, dijo ella cuando la interrogué, sólo que los judíos no creen que Jesús hubiera existido. Yo, sin embargo, sí sé que existió. Rosie me contó toda su historia. Tenía el pelo largo y era muy bueno. Unos malvados lo ataron a una cruz, le clavaron clavos en las manos y los pies y lo mataron. Quise saber si los malvados habían sido los judíos. Rosie me respondió que no, que los nazis lo confundían todo. Fueron los romanos los que le asesinaron, y además Jesús era judío. Es una historia muy antigua, de otra época, de otro tiempo, mucho antes de que yo naciera, y de que nacieran mis padres, los de ellos y los de todos sus antepasados, antes de que hubiera automóviles y ciudades en la tierra, ocurrió en un antiguo país desaparecido, más allá de las montañas, del campo, de los ríos y los mares. Ella se abrió la blusa y me enseñó una crucecita de oro sobre el pecho. Me dijo que podía cogerla con los dedos. Yo la rocé, ella se la llevó a los labios y le dio un beso, y después me besó en la frente diciendo que yo era su niño querido y que todos los niños y todos los hombres estaban hechos de una misma carne, que todos éramos hijos del Señor y que el niño Jesús había dicho que todos debíamos amarnos. Ella tenía la cara un poco triste y me apreté contra ella. Así que cuando mis padres hablaron de los nazis yo sabía de qué iba. Tuve ganas de explicarles que los nazis confundían a los judíos con los romanos. Preferí seguir fingiendo que jugaba en el suelo para oír la continuación de la historia. Estábamos en el despacho, donde papá ordena todos sus libros en estanterías que llegan hasta el techo. Tiene miles. Los ha leído todos, le gusta mirarlos, cogerlos, abrirlos, cerrarlos, acariciarlos. Me ha prometido que un día serán míos y que los leeré todos.

Mis padres están sentados en el sofá de terciopelo verde. Me gusta que estén los dos ahí. A veces él le toca la cara. Él la mira, ella le admira, le dice que es guapo, que le ama, pero que su bigote le hace cosquillas cuando la besa, él le contesta que sus besos le empañan las gafas. Mi padre es guapo, elegante. Me gustaría vestirme como él, ponerme una camisa blanca y una corbata en lugar de este trajecito de lana que me pica, y también una chaqueta bonita con rayas anchas como la suya. Él me repite que soy demasiado pequeño.

Toman el café. Me han dejado mojar un terrón de azúcar en el café. Lo he cogido con una pinza de plata del fondo de la bonita caja brillante en la que todo se ve deformado, y lo he acercado a la taza china que tiene dibujado en malva a un emperador sentado en un palanquín. El terrón ha tocado el café humeante, se ha empapado - qué divertido cuando el café trepa por el azúcar- y lo he atrapado con la punta de los labios. Lo he chupado con un ruidito y me he vuelto a meter debajo de la mesa baja dejándolo derretirse en la boca. Me he acordado del día en que una señora vino a casa con un perrito, un teckel. Ella le pidió que hiciera una gracia. El perro se sentó sobre el trasero. Ella le depositó el terrón sobre el hocico y le susurró: "¡Ahora!" Él atrapó el azúcar con su boquita negra y caramelo. Creo que era un perro acróbata.

Los rayos de sol me calientan las piernas fuera de mi escondrijo. Escucho lo que dicen. Hablan del tío Lion y de Adolf Hitler. El tío Lion piensa que un día Hitler será el que mande y que ese día matará a todos los judíos. Yo no sé quién es Hitler. Me tiemblan los labios, tengo ganas de llorar. Salgo de mi refugio y me lanzo a los brazos de mis padres. No comprenden por qué sollozo. Yo tampoco. Les digo que les quiero y que no quiero que se mueran nunca. Por eso las lágrimas me han subido a los ojos. Por suerte, ahora se ha acabado.

Estoy montado a caballo en mi elefante de ruedas. Se llama Aníbal, como el emperador que hizo la guerra con elefantes contra los romanos. Les atacó cruzando la montaña en invierno. Sentado en su lomo, mis pies ya no tocan el suelo. Encima de Aníbal soy alto, soy mayor. La ventana está abierta, se oyen los pájaros y los automóviles. Acerco a Aníbal y me acodo en la ventana para mirar fuera. Siempre tengo cuidado de no asomarme, porque si no Rosie me regaña. Los autos brillan, los rayos de sol se reflejan en sus grandes faros redondos y hacen bailar en el techo de la habitación unas lucecitas de bonitos colores, el de los pistachos, el del vino, el de las fresas. Hace bueno, los coches son descapotables y veo a los pasajeros. Allí está la tía Bobbie, que vive encima de nosotros. Está con su enamorado, el duque Leopoldo de Baviera. Un duque es como un príncipe o un rey, y Baviera es el otro nombre de nuestro país: mis padres dicen que vivimos en Alemania, pero la tía Bobbie, el duque y Rosie aseguran que vivimos en Baviera. Papá y mamá dicen que son alemanes, la tía Bobbie y el duque que son bávaros.

Un chófer conduce el coche del duque. Veo sus guantes blancos y su gorra con un galón dorado y una visera negra y brillante que lo protege del sol y del viento. Su automóvil se parece a una carroza forrada de cuero beige. El duque tiene un verdadero aire de rey. Lleva un sombrero de copa, un chaqué que le da el aspecto de un pingüino y una sola lente. Es un monóculo. Yo le apodo "el Mago" porque consigue mantener en equilibrio ese cristal tan redondo delante del ojo. La tía Bobbie lleva un gran sombrero blanco, sus anillos titilan al sol, me ve y me hace una señal. Grita: "Bürschi!" Así me llaman en casa, quiere decir "muchachito" en bávaro. Yo le respondo con un gesto de la mano. El duque me saluda a su vez, agitando el pomo dorado de su largo bastón real. La tía blande un paquetito con una cinta roja. Sé que es una caja de pastas de fruta porque me las regala a menudo. Estoy impaciente por que suba a casa para dármelo, tengo ganas de que sea ahora mismo.

Miran al otro lado de la calle, donde se ha parado un gran coche negro. Un chófer con uniforme de soldado da la vuelta al auto y abre la puerta del pasajero. Se apea un señor que mira a la tía Bobbie, después al duque y luego levanta la vista hacia mí.

Luce un bigotito negro, el mismo que papá.

Rosie me ha sobresaltado. Ha cerrado la ventana de golpe, ha corrido las cortinas, me ha desvestido y me ha acostado para la siesta. Detesto la siesta. Tampoco me gustan los barrotes de mi cama.

Sigo oyendo el canto de los pájaros, miro la sombra de las cortinas, que forma como olas en el techo, y las molduras que crean pequeñas montañas. Con los ojos cerrados, siento la mano suave de Rosie en mi mejilla. Me duermo.

Me he despertado. He tenido una pesadilla. He soñado que el señor de enfrente se convertía en un ogro, que nos atrapaba y quería devorarnos. Tenía el pelo erizado y las uñas largas y melladas como las de Pedro Melenas, el chico malo del libro que descansa en mi mesilla de noche. Con sus uñas ganchudas y los pelos de punta como las púas de un puercoespín, el ogro perseguía a mi familia por las calles. Yo agarraba a mis padres de la mano, ellos corrían demasiado rápido para mí, me resbalaba y caía delante de ellos, mamá me recogía, el monstruo se acercaba. El malvado Federico, el chico que azota a su criada, mata a los gatos a pedradas, arranca las alas a las moscas y estrangula a las tórtolas, también estaba en mi sueño, lanzaba sillas como balas de cañón.

No sé si me gusta el libro Pedro Melenas. Dentro se ve al niño Jesús ofreciendo regalos a los niños buenos que se toman toda la sopa, juegan con sus juguetes, van de la mano formales con su madre. Tiene alas de ángel y una corona. Se parece a una niña en camisón, de rodillas en la nieve. Una estrella brilla encima de su cabeza. Un fusil de bayoneta y un tambor militar flotan sobre la página entre los regalos. El libro cuenta las historias atroces de niños malos: Federico azota cruelmente a su perro; Paulinita perece en las llamas que consumen sus cintas, su pelo, sus pies, sus párpados, sólo queda de ella un montón de cenizas y sus zapatitos embetunados, sus dos gatitos lloran, sus lágrimas forman un lago; unos niños se burlan de un chiquillo completamente negro y el gran Nicolás los castiga, los sumerge en tinta, acaban tan aplastados como un papel, parecen sombras; el hombre con las grandes tijeras le corta el pulgar a Conrado para que no se lo chupe más, y esta historia me aterroriza porque yo me chupo el pulgar, mientras que Gaspar, en cambio, muere porque nunca se toma la sopa, y Roberto desaparece en el cielo, transportado por su paraguas. Todo se embarulla en mi cabeza. Flotan en el aire, vuelan a mi alrededor, se deforman, se alargan, desaparecen...

Tengo calor. Tengo la nuca mojada.

Era una pesadilla.

Estoy de pie en la cama.

Paso por encima de los barrotes, trepo al asiento de ratán y miro por la ventana.

La calle está tranquila. Una cortina se mueve enfrente.

Estoy totalmente desnudo en casa. Doy saltos por todas partes y hago reír a Rosie, que intenta atraparme para vestirme. Dice que soy su muñeca y me pone una combinación de lana que me pica. ¡Me gusta jugar con mi muñeca, pero no soy una! A la mía la visto y la paseo en su cochecito. La tapo con mantas para que no tenga frío. La bajo con Rosie a pasear todos los días, vamos hasta el par-que. En el camino pasamos por delante de la casa del señor Hitler. Rosie sigue caminando un poco más deprisa y ya no me escucha.

Ayer se me cayó el gorro delante de la casa y ella no me oyó cuando se lo dije. Tuvimos que volver atrás. Un portero lo tenía en las manos. Grande, vestido como un soldado, dijo que yo era muy mono y que sería un alemán muy valiente cuando fuese mayor. Rosie no quiso quedarse más tiempo y me llevó caminando rápido, y me agarraba de la mano demasiado fuerte. Parecía contrariada, yo no me atrevía a decir nada. Con voz firme, me explicó de nuevo que no hay que hablar con gente que no conoces.

Estoy muy tranquilo en casa y veo al portero desde la ventana de mi habitación. Es divertido, la gente le hace muchas veces una seña levantando el brazo cuando pasan y él responde con una seña de la mano. Miro circular los coches. Van más rápido que las calesas tiradas por caballos que me gustan tanto. Las oigo pasar. El chasquido de los cascos sobre los adoquines se parece al del agua cuando Rosie friega los platos. Sé hacer el mismo ruido con la lengua.

Tengo un caballo de madera fantástico. Papá Noel me lo dejó debajo del árbol, al lado del piano. Habíamos colocado los zapatos al pie del árbol decorado con bolas rojas y, al despertar por la mañana, cada uno tenía un regalo delante del zapato. Todo el mundo ha besado a mi padre por su regalo. Yo también lo he hecho, pero él nos ha dicho que había que agradecérselo a Papá Noel. Yo he añadido que no había que olvidarse de pensar en Jesús porque era su cumpleaños, y todos se han echado a reír. No comprendo muy bien por qué, pero yo también me he reído. Sucede a menudo: hago reír a los mayores sin querer. Mamá ha comentado que me ruborizo.

He querido verme en el espejo de la entrada. No he visto nada. Parece que el rubor de las mejillas no se refleja en los espejos, sino solamente en los ojos de los demás. Es el corazón que se calienta mucho cuando somos felices. Ahora lo noto cuando me pasa.

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Critiques :Elvira Huelbes au sujet dehttps://www.cuartopoder.es/cultura/2014/08/16/hitler-mi-vecino-recuerdos-de-un-nino-judio/ a écrit:

Las memorias reunidas en este libro, Hitler, mi vecino, (Anagrama 2014) empiezan siendo las de un niño de cinco años y terminan con un chaval de 15. Transcurren entre 1929 y 1939. Su autor, Edgar Feuchtwanger, al que las circunstancias, quién sabe si casuales, le hicieron vecino de Adolf Hitler, como desvela ya en el título, narra con cierta minuciosidad lo que le intrigaba de su vecino recién llegado al elegante barrio de Munich donde vivía la familia. Al autor le asiste el buen oficio del periodista Bertil Scali, también cineasta y novelista, lo que es notorio en el ritmo del relato y la buena evocación de las pequeñas cosas cotidianas convertidas, por obra de la historia ya sabida, en acontecimientos.

Abundan en estos años libros sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, algunos, memorables, otros, más deudores de una obligada cuestión de conmemoración de unos hechos, causados por el odio y la desconfianza entre europeos, circunstancia ésta que sigue viva y presente, ya sea sobre campos de batalla de los Balcanes, aún humeantes, ya sea en la antigua república soviética de Ucrania, ahora sumida en una guerra feroz.

Mirando hacia atrás al contemplar el escenario actual, cabe preguntarse por la responsabilidad de otros actores ajenos a Europa, pero celosos de su pretendida aspiración a una vida más justa que la que se da fuera de ella. Pero, mejor abandonar especulaciones y a lo que íbamos.

La virtud de este libro estriba en que cuenta las cosas vistas por la mirada de un niño que va creciendo según el lector pasa las páginas, y que se debate entre la preocupación creciente que alienta las conversaciones de sus padres –judíos, como él– y las arengas románticas de su profesora, Fraülein Winkl, admiradora confesa y entusiasta del Führer. Intercambia impresiones con algunos compañeros que son o vecinos de otros gerifaltes o directamente hijos de alguno.

El joven Edgar es, además, sobrino de un escritor, Lion Feuchtwanger, autor de El judío Süss, una novela histórica, de la que se hizo una película, y que apareció en 1925, año en que el escritor ya criticaba abiertamente a los nazis y por lo que tuvo que buscar asilo en Estados Unidos, donde le criticaron no ser igual de ácido con Josif Stalin.

El tío Lion no volverá nunca más a Alemania –cuenta el joven Edgar-. Hitler le ha retirado la nacionalidad. Ha ordenado quemar todos sus libros. Normal.

Por su forma novelada, el libro tiene otra virtud que es la de dejar ver al lector cómo la percepción humana puede negar la realidad –como le pasó a muchos alemanes– y cómo para otros la amenaza cernida ya sobre las cabezas de la familia del niño, no es suficiente para salir por piernas de aquel país que se había vuelto tan peligroso.

Al parecer, el tío Lion está feliz en Francia –sigue contando- donde vive en un hotel cerca del mar, con la familia de Thomas Mann. Han creado una pequeña Alemania. Franz Hessel, el traductor de Marcel Proust… está allí con ellos. A mamá le gustaría que fuésemos a reunirnos con el tío.

La historia -cargada de humillaciones y amenazas, con el internamiento del padre en Dachau del que salió milagrosamente vivo, después de 40 días- está narrada, sin embargo, con la dulzura propia de la inocencia, sin cargas de tinta ni aspavientos adjetivados de ninguna clase y por eso es placentera de leer. Por eso y porque, para la familia protagonista, el final no fue el peor posible.

El libro lleva un apéndice de los dibujos infantiles, muy elocuentes, y notas escolares. Edgar Feuchtwanger (1924) es historiador y vive en Gran Bretaña, ha querido aportar con estos recuerdos de infancia otro grano de arena al esfuerzo de comprensión del incomprensible comportamiento humano.


À propos de l’auteur

Bertil Scali est écrivain, auteur-réalisateur, agent littéraire, éditeur, consultant pour des agences de publicité et des marques. Son livre Hitler, mon voisin (Michel Lafon, 2013) a été réédité en livre de poche, traduit en 13 langues et publié dans une trentaine de pays, dont les États-Unis, la Chine, l’Italie, l’Allemagne, le Brésil, l’Espagne ou la Pologne. Bertil Scali a écrit et co-réalisé le documentaire Hitler, mon voisin qui a notamment été diffusé sur Netflix et Planète+. De 1990 à 1992, il a écrit pour les magazines City Magazine, Elle et Détective. En 1993, il est entré comme reporter au magazine VSD ainsi qu’à Radio Nova pour l’émission La Grosse Boule, avec Edouard Baer et Ariel Wizman.  En 1995, il a été engagé comme reporter à Paris Match. En 2004, il s’est associé avec Jérôme Sans, cofondateur avec Nicolas Bourriaud du Palais de Tokyo , pour lancer les éditions Scali, une maison d’édition destinée à publier des ouvrages autour des cultures de l’underground et actuelles (musiques rock, électro, poésie, fiction, cinéma, art contemporain, littérature, érotisme, carnets) sur des thèmes négligés ou controversés et des sujets en marge tels que l’histoire de la Gay Pride, par Oliviero Toscani, ou celle de la culture Goth sous la direction de Patrick Eudeline. Près de 200 livres ont été publiés de 2004 à 2008, avec des auteurs comme Richard Branson, Jonas Mekas, Virginie Despentes, Nina Roberts, Jean-Charles de Castelbajac, Joeystar, Bruce Benderson, Marie Darrieussecq, Dupuy et Berberian, Brian Epsein, Vic Darkwood, Philippe Jaenada, Bernie Bonvoisin, Margo Jefferson, Bruno de Stabenrath ou Olivier Cachin. En 2009, il a travaillé pour BETC sur les City Guide Louis Vuitton. En 2010 et 2011, il a relancé et dirigé les Éditions de La Martinière Textes. Il est toujours directeur d'ouvrages pour les Éditions de La Martinière, publiant des auteurs aux parcours de vie hors du commun, tels que Nelson Mandela, Richard Branson ou Chantal Jouanno, et des beaux-livres illustrés signé par des artistes engagés comme Jane Birkin ou France Gall. En 2013, il a fondé Litcom qui travaille avec des maisons d'édition, des marques et de grands écrivains.

Bertil Scali, agent littéraire, sur France Bleu